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El de Cati Pérez es uno de los casos más conocidos en nuestro país de sensibilidad química y de solidaridad de una ciudad –Córdoba- que se ha volcado para que una de sus vecinas recupere la salud y las ganas de vivir.
El pasado mes de mayo, diarios, programas de televisión, agencias de información y páginas web recogieron el caso dramático de esta cordobesa de 35 años obligada a vivir aislada en una habitación de su casa debido a una severa SQM que no le pemitia, siquiera, ver a su hijo. La generosidad de sus vecinos –“no voy a vivir años suficientes para agradecerlo”, nos cuenta- le permitió costear el tratamiento –totalmente privado- en la clínica de la Fundación Alborada en Brunete (Madrid) y en el Hospital Breakspear de Londres. Según sus palabras, ha merecido la pena todo el esfuerzo porque después de ver que “se te acaba la vida, prácticamente, ves como la recuperas” gracias a los tratamientos de medicina ambiental. Este es su testimonio.
Lo mío fue todo muy rápido. Anteriormente, había tenido algunos síntomas pasajeros que yo no relacionaba con esto [sensibilidad química múltiple]. Pero un día fumigaron la cafetería donde trabajaba y desde que abría la puerta yo notaba que había algo porque me ponía mala.
Antes de darme de baja estuve un mes trabajando con mascarilla, pero no podía, mi cuerpo ya había quedado tocado, tenía un déficit de vitaminas y de todo, y así empezó la enfermedad. Me di de baja y a la semana ya estaba en Madrid. Mi hermana dio por Internet con la Fundación Alborada, estuve ahí dos meses, y luego fui a Londres [a la Clínica Breakspear] a ponerme sueros.
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